En tiempos donde acudir a una sala de cine se ha convertido en un entretenimiento de lujo, Christopher Nolan se mantiene como uno de esos pocos cuyo nombre basta para que dicho desembolso no se cuestione. Entradas agotadas un año antes y salas IMAX como lugar de peregrinación confirman al británico como un director de eventos cinematográficos. Ante semejante nivel de expectación, Nolan decide elegir el material más antiguo posible: el poema fundacional de Occidente, un texto de hace casi tres milenios que ha configurado tanto directa como indirectamente todas las historias contadas desde entonces.
Un inicio exponencial
El desafío es mayúsculo: trasladar un material tan vasto y de tal importancia al ritmo del siglo XXI sin perder su esencia. Es por ello que se opta por una celeridad casi permanente; esta decisión pasa factura en un arranque que se siente algo atropellado, empeñado en condensar demasiado en muy poco tiempo, generando durante sus primeros veinte minutos una sensación extraña, cercana a estar viendo un tráiler de lujo, que desconcierta sin llegar a molestar. Una vez superada dicha fase, la película se asienta y el ritmo se vuelve implacable. Son tres horas donde siempre están pasando cosas y todas resultan de una importancia sorprendente. Y es que Nolan entiende que su guion exige velocidad, ya que esto sigue siendo un blockbuster que no puede permitirse la autoindulgencia de no recaudar. Esto siembra en el espectador la paradoja de querer que una cinta de tres horas dure más por la cantidad de escenas portentosas que merecían respirar más tiempo en pantalla.
Coherencia
Todo este vértigo que se le imprime tiene un precio que pagar, y es que el reparto coral queda reducido a lo testimonial. Rostros que todos conocemos entran y salen con menos peso del que sus personajes sugieren dentro de la obra homérica. Este suceso es comprensible cuando ni tres horas alcanzan para abarcar semejante material. A mi criterio, Nolan eligió correctamente focalizándose en el triángulo entre Odiseo, Penélope y Telémaco. Y, por cierto, esa condición testimonial alcanza de lleno al personaje de Helena de Troya, desactivando cualquier polémica, al igual que el rumor sobre el casting de Aquiles, el cual era falso. En este caso, quien busque aquí agenda se encontrará con poco más que aire.
Por otro lado, donde Nolan coge más vuelo es en su discurso. La odisea (2026) gana hondura reflexionando sobre las consecuencias de la guerra: el trauma, la identidad rota y, sobre todo, la pérdida de convicciones en nombre de la victoria. Nolan consigue transmitir cómo las hazañas nacidas de esa renuncia serán cantadas y celebradas por generaciones futuras, garantizando de esa forma que la historia vuelva a repetirse. Somos una especie condenada a tropezar con la misma piedra y pocas historias lo expresan con tanta claridad.
El terror de Christopher
Otra de las grandes noticias de la cinta es la capacidad del cineasta para construir secuencias de tensión que rozan lo terrorífico, dándonos esperanzas a los forofos del género de algún día presenciar una película de este director apostando por el terror. Este talento se ve reflejado en todo lo referente al cíclope: el nerviosismo asfixiante y la criatura, construida desde la obsesión artesanal, transmiten una fisicidad que ningún ordenador es capaz de replicar. Esto se debe a que Nolan busca tangibilidad en lo mitológico, que toda esta historia pueda ser tocada por el espectador. Mención especial a la integración y simbolismo de las sirenas, tan alejados de lo explícito como coherentes con el tono discursivo de la cinta.
Apabullante
Técnicamente estamos delante de un hito; es un trabajo incontestable tanto de Christopher Nolan como de Ludwig Göransson y de Hoyte van Hoytema. Todos confluyen en una sinergia que impacta abrumando al espectador en una sucesión de sensaciones físicas que hay que vivir al menos una vez en la vida. Desde los gritos desgarradores del cíclope hasta todas y cada una de las escenas de navegación merecen reconocimiento propio. Y si bien es cierto que la cinta es eminentemente fría, huyendo de esos colores mediterráneos, creo que todo responde a un ejercicio de coherencia tonal de un director que llena de desesperanza y reflexión la obra de Homero.
En cuanto a lo interpretativo, Matt Damon se entrega tanto actoral como físicamente; quizá sea la cima de su carrera como actor y es un claro contendiente a estatuilla. Tom Holland le sigue de cerca con su mejor actuación desde Lo imposible (2012). Anne Hathaway está soberbia, fiel a su nivel habitual cuando se encuentra a las órdenes de Nolan. Y hay que subrayar el trabajo de Samantha Morton como Circe; esta protagoniza una de las mejores escenas de la película, en la que por cierto Nolan se atreve con un body horror más que notable.
La odisea de Nolan
La odisea (2026) es la secuela espiritual de Oppenheimer (2023) a nivel temático; es una experiencia que pasa por encima del espectador en el mejor de los sentidos: abrumadora, física, totémica, descomunal. Nolan advierte de la deriva posmoderna y de cómo su relativismo moral puede ser más peligroso que cualquier dios. No es perfecta, pero el británico toca el cielo de la épica en una de sus mejores creaciones.
¿Dónde ver La odisea?
Se podrá disfrutar en salas españolas a partir del 17 de julio.
Ficha Técnica
Título original: The Odyssey
Año: 2026
Duración: 172 min.
País: Inglaterra
Director: Christopher Nolan
Guion: Christopher Nolan
Reparto: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Zendaya, Charlize Theron, Ben Safdie
Género: Fantástico, Aventuras, Antigua Grecia, Mitología, Cine épico
Calificación: 8’5/10



