Evil Dead es una de esas franquicias que parece inmortal, una que ha logrado ir mudando la piel hasta llegar a su sexta película. Son ya más de diez años en los que cada nueva entrega viene de la mano de un director diferente, sin apenas vínculo entre ellas y solo con la obligación de respetar un par de reglas. El testigo lo recoge Sébastien Vaniček. El director de la desaprovechada Vermines (2023) confecciona aquí una resultona pero imperfecta continuación de la saga.
Frenetismo francés
El francés ha venido a cumplir. La película es frenética, siempre está ocurriendo algo, y eso tiene mérito teniendo en cuenta su duración. El propio director prometió escenas desagradables, que uno saliese asqueado del cine, y para el espectador medio lo conseguirá, mientras que quien tenga callo encontrará una brutalidad más generosa de lo esperado. Se logra el equilibrio perfecto para que unos pasen miedo y otros disfruten.
Por otro lado, la trama es nula, carece de fondo y es algo legítimo, entre otras cosas porque la película jamás pretende lo contrario. Exigirle profundidad narrativa a un Evil Dead equivale a reclamarle contención; sería un sinsentido en sí mismo. Lo que sí es justo pedir es oficio, y ahí Vaniček se luce. Se puede observar que hay intención en la dirección, existe inventiva en el encuadre, juegos de espejos y soluciones de cámara que evitan el plano de manual. Tanto es así que dan ganas de seguir la pista de un cineasta con sello y sobre todo con ganas de sorprender.
Filias y fobias
Es por todo esto una lástima que repita un vicio que ya lastraba su ópera prima. En Vermines (2023), la metáfora social sobre los barrios marginales consumía una idea con un potencial, en gran parte, desperdiciado. En esta ocasión se nos da un background sobre la protagonista que no aporta absolutamente nada, uno que se reduce al mero forzamiento de una empatía impostada propia del cine actual. Y no solo es que exista como recurso facilón: es que aún por encima reduce lo sobrenatural dándole una importancia narrativa más que cuestionable.
La pena es que esto no es un tic exclusivo de Vaniček: desde Babadook (2014) parece que ninguna criatura puede permitirse el lujo de existir sin simbolizar de alguna forma una herida psicológica que la legitime. Sontag, en su libro Contra la interpretación (1964), ya advierte sobre la deriva obsesiva de descifrar el significado ulterior de cualquier obra, ya que la empobrece cuando esta debería ser una experiencia pura. Hasta el propio Sam Raimi rodó el inicio de esta saga sin recursos facilones: solo le bastó con invención, descaro y un poco de audacia.
Trabajo resultón
Aun así, como espectadores tenemos la suerte de que la cinta no está continuamente explicándose, y ahí es donde el trabajo artesanal brilla. Estamos delante de unos efectos prácticos espléndidos, capaces de sostener las mejores set pieces del conjunto; cabe mencionar un grandísimo plano secuencia. Lo digital es otro cantar: el fuego generado por ordenador chirría en una parte final resentida que se percibe sustancialmente inferior a todo lo anterior.
Posesión infernal: En llamas (2026) es una entrega notable, de las que justifican la perpetua existencia de la franquicia. Pero a su vez deja la sensación de una oportunidad perdida de ser la mejor película de toda la saga. Se queda a las puertas por la imperiosa necesidad de aclarar aquello que funcionaba mejor a oscuras.
¿Dónde ver Posesión infernal: En llamas?
Se podrá disfrutar en salas españolas a partir del 17 de julio.
Ficha Técnica
Título original: Evil Dead Burn
Año: 2026
Duración: 110 min.
País: USA
Director: Sébastien Vanicek
Guion: Sébastien Vanicek, Florent Bernard
Reparto: Souheila Yacoub, Tandi Wright, Hunter Doohan, Luciane Buchanan, Erroll Shand
Género: Terror, Posesiones, Demonios
Calificación: 7/10



