Publicado el 8 de agosto, 2026

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La condición humana I (1959) es una de las historias más tristes que pueden contarse sobre un conflicto armado. Nadie ha explicado mejor por qué la guerra resulta, además de espantosa, absolutamente inútil.
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Después de servir en las filas del ejército imperial, Masaki Kobayashi emprendió uno de los proyectos más desmesurados, tanto por escala como por ambición, que ha dado el cine. Diez horas repartidas en tres películas para narrar el descenso de un solo hombre. Un gesto en el que el nipón se mira a sí mismo sin concesiones, señalando lo ocurrido en la Manchuria ocupada cuando aún resultaba incómodo hacerlo.

La futilidad del individuo

En esta primera entrega la cinta golpea con una falta de piedad estructural absoluta. Kobayashi construye un recorrido circular donde la sensación del espectador no es otra que la de acabar justo donde empezó, con la única diferencia de estar considerablemente más destruido. Nuestro protagonista es incapaz de conseguir nada de lo que se propuso. No escapa de la guerra, no la transforma ni preserva el lugar desde el que pretendía hacerlo. Nos encontramos ante el castigo de Sísifo extrapolado a la Manchuria, pero sin el consuelo que reclamaba Camus: aquí es imposible imaginar feliz al hombre que empuja la piedra. Y es precisamente ahí donde reside la tesis más demoledora: la guerra, además de ser atroz, resulta impermeable a cualquier intento individual de humanizarla.

Todo ese agotamiento se plasma desde la crueldad de la paciencia. Asistimos a la descomposición progresiva de un idealista, uno que se cree indestructible. Aun así, no hablamos de un Cándido voltairiano convencido de habitar el mejor de los mundos posibles; realmente estamos delante de una verdad más dolorosa, la de creer que sus principios pueden traducirse en hechos, en definitiva, pensar que la teoría resiste el contacto con la práctica.

Las caras del poder

Pero Kobayashi va más lejos todavía, y he aquí uno de sus mayores logros. Este no se limita a compadecer a su héroe, sino que lo enjuicia. Lo enjuicia ante los espectadores planteando una pregunta que atraviesa la totalidad de la cinta de manera transversal. ¿Estamos delante de alguien genuinamente bueno o simplemente del rostro amable de una estructura infame? Es aquí donde entramos en el territorio que Primo Levi denominó zona gris, ese espacio moral donde quien ocupa una posición intermedia dentro de un engranaje autoritario queda contaminado sin ser verdugo ni víctima. De hecho, existe un momento donde esa ambigüedad se condensa con una lucidez devastadora, donde presenciamos la constatación de que ninguna cantidad de buenas intenciones cancela una asimetría fundamental en las dinámicas de poder. Empatizar y compartir el sufrimiento no equivale a padecerlo, y esa es la distancia con la que el director juega para hacernos reflexionar.

Todo tiene un porqué

Este andamiaje narrativo se sostiene sobre una gramática visual más que meritoria. El contrapicado se vuelve un recurso casi obsesivo, empleado hasta la saturación para remarcar y confundir al espectador, haciendo que inevitablemente reflexione sobre quién es quién. Otro de los grandes argumentos es el tratamiento del espacio: Kobayashi encuadra la inmensidad de Manchuria en planos abiertos que, paradójicamente, transmiten todo lo contrario al concepto de libertad. La amplitud del horizonte no libera, oprime, por la imposibilidad de quien contempla una extensión infinita que no puede recorrer. Resulta una esperanza tortuosa, la de ver el mundo entero desde la alambrada.

Uno de los pocos peros que puedo atribuirle a un conjunto tan redondo a nivel temático, narrativo y fotográfico procede de un empeño muy de su tradición. Y es que existe una sobreactuación que asoma en alguno de los intérpretes y, sobre todo, en buena parte de los figurantes, herencia de un estilo teatral que genera cierta disonancia con el naturalismo de toda la cinta.

Podría discutirse también si los 208 minutos que dura La condición humana I: No hay amor más grande (1959) eran estrictamente necesarios para lo que se cuenta. Probablemente no, pero es un precio muy bajo que pagar. Y es que Kobayashi consigue transformar la frustración en experiencia estética sin traicionar jamás la gravedad de lo que denuncia. Este filma una de las historias más tristes que pueden contarse sobre un conflicto armado. Nadie ha explicado mejor por qué la guerra resulta, además de espantosa, absolutamente inútil.

¿Dónde ver La condición humana I: No hay amor más grande?

Streaming: Filmin

Ficha Técnica

Título original: Ningen no joken I (The Human Condition I: No Greater Love)

Año: 1959

Duración: 208 min.

País: Japón

Director: Masaki Kobayashi

Guion: Masaki Kobayashi, Zenzo Matsuyama

Reparto: Tatsuya Nakadai, Michiyo Aratama, Ineko Arima, Chikage Awashima, Keiji Sada, Sô Yamamura

Género: Drama, Bélico, Años 40, II Guerra Mundial, Guerra Chino-Japonesa (II)

Calificación: 10/10

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