«Black Phone» (2021): la máscara del trauma
Derrickson no innova, pero se luce en un juego tan sádico como humanista, tan cargado de horror como de esperanza.
Derrickson no innova, pero se luce en un juego tan sádico como humanista, tan cargado de horror como de esperanza.
Derek Kolstad y Aaron Rabin confeccionan un guion continuista que, sin ofrecer muchas sorpresas, proporciona la frescura necesaria para que esta secuela tenga sentido.
Warfare: Tiempo de guerra (2025) se erige como un ejercicio audaz y distintivo dentro del cine bélico, demostrando que la realidad de la guerra es más impactante que cualquier artificio que el cine pueda mostrar.
Muchas de las sensaciones que hacen de El monstruo de St. Pauli (2019) una experiencia desagradable son las decisiones estilísticas basadas en un feísmo sustentado por la ausencia de belleza o esperanza.
La película de Eisner es un thriller de horror pandémico con una primera media hora exquisita que, aunque termina por estereotiparse, es capaz de ofrecer pequeñas dosis de virtuosismo.
María Callas (2024) trata de exponer el dolor de la soledad de una estrella que se va apagando poco a poco y de cómo esa situación hace que su mente viaje por los nostálgicos recovecos de la memoria.
El amor después del mediodía (1972) es un ejercicio propio de un filósofo, de un orfebre del pensamiento y cuestionamiento de lo que le rodea, ya sea corpóreo o etéreo.
Ozon combina ingenio, comedia, ritmo y un guion sobresaliente en un cóctel final capaz de estimular tanto la mente como las emociones.
Una batalla tras otra (2025) es una cinta entretenida, con un argumento que le aporta ritmo, pero que la vacía de cualquier intento del espectador de empatizar con algo o alguien.
Kassovitz nos sitúa en los suburbios de la capital francesa, epicentro de los conflictos sociales más habituales: discriminación, pobreza, vandalismo y brutalidad policial.