Anastasia niña junto a su padre, el zar Nicolás II, durante un baile en el palacio imperial de Rusia

Anastasia (1997): La Leyenda de la Última Duquesa de Rusia entre Historia y Fantasía Disney

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En 1997, Fox Animation Studios estrenó Anastasia, una película animada que rápidamente se convirtió en un referente de la cultura popular. Inspirada libremente en la tragedia de la familia Romanov, la cinta mezcla hechos históricos con elementos de fantasía, magia y romance, siguiendo la tradición de los grandes dibujos animados de Disney.

A través de sus coloridos personajes y melodías inolvidables, Anastasia ha logrado mantener viva la leyenda de la última gran duquesa de Rusia, aunque con notables licencias creativas.

La trama de Anastasia (1997)

La narrativa de la película sigue a Anastasia, quien pierde a su familia durante la Revolución rusa y despierta años después con amnesia. La Emperatriz María, su abuela, busca a la nieta desaparecida, mientras que Dimitri y Vlad, dos oportunistas, intentan presentarle a Ania —una joven huérfana— como la princesa perdida para cobrar la recompensa.

Ania posee un alajero con un collar que actúa como pista de su identidad y la conduce a París, en un viaje lleno de aventuras, persecuciones y encuentros con fantasmas del pasado. Rasputín, ahora villano sobrenatural, intenta eliminarla usando magia negra, mientras Bartók, el murciélago cómico, añade momentos humorísticos.

A lo largo del viaje, Anastasia redescubre quién es, enfrenta sus miedos y reconstruye su pasado, hasta reunirse finalmente con su abuela en un emotivo desenlace. La película combina elementos de misterio, romance y comedia musical, adaptando la tragedia histórica en un relato de esperanza y fantasía.

Los pocos puntos positivos de Anastasia

La animación de Anastasia es espectacular, con escenas memorables como el descarrilamiento del tren y la pesadilla inducida por Rasputín. La coreografía visual, aunque exagerada, combina aventura y emoción de manera efectiva.

La música de Lynn Ahrens y Stephen Flaherty acompaña la narrativa con melodías inolvidables, como la canción del baile de Anastasia, mientras los diálogos de los personajes están llenos de ingenio y humor. El doblaje cuenta con voces destacadas, incluyendo a Meg Ryan, John Cusack y Angela Lansbury, quienes aportan profundidad a los personajes.

Crítica de Anastasia (1997)

El problema es cuando se la mira como una obra que se apoya explícitamente en uno de los episodios más trágicos del siglo XX. Porque Anastasia no solo se inspira en la historia: la reescribe sin pudor, la simplifica y, en muchos aspectos, la vacía de sentido.

La Rusia que presenta la película no existe. No es la Rusia de la Primera Guerra Mundial, ni la del hambre, ni la del colapso social que condujo a la Revolución. Ni siquiera es la Rusia imperial de los zares. No es ningún país. Es un decorado exótico, una postal orientalista donde la caída de los Romanov parece obra de un Rasputín (muy flojo por cierto) que aparece de repende y desaparece de repende.

La caracterización de los personajes refuerza esta distorsión. Los Romanov aparecen como víctimas puras, casi angelicales, ajenas al sufrimiento del pueblo ruso. No hay rastro del autoritarismo del zarismo, ni de la desconexión brutal entre la corte y la realidad social.

Rasputín es quizás el ejemplo más claro de trivialización. En lugar de ser una figura oscura, ambigua y políticamente incómoda —como lo fue en la realidad— se transforma en un villano torpe, caricaturesco, casi cómico. No da miedo, no inquieta, no representa nada más que un obstáculo narrativo. Ni siquiera es un villano como los de Dreamworks en El Príncipe de Egipto, o los de Disney en Blancanieves o en cualquiera de sus películas.

Incluso la pareja protagonista resulta anacrónica. Anastasia y Dimitri se comportan como personajes del cine romántico estadounidense de los años noventa, no como individuos marcados por una revolución, el exilio y la violencia política.

Su relación es encantadora, sí, pero completamente descontextualizada. La Rusia de entreguerras es solo un telón de fondo intercambiable; la historia podría ocurrir en cualquier otro lugar sin que nada esencial cambiara.

El mayor problema de Anastasia no es que sea históricamente incorrecta —muchas películas lo son— sino que finge estar contando historia cuando en realidad la neutraliza.

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